PRESENTACIÓN DEL PROYECTO:

“CHUCENA, VINO DE LA TIERRA”

EXALTACIÓN DEL VINO CHUCENERO

  • Iltmo. Sr. Presidente de la Diputación Provincial de Huelva.
  • Exctlma. Sra. Alcaldesa del Ayuntamiento de Chucena.
  • Sres. Miembros de la Corporación Municipal.
  • Sr. Presidente del Consejo Regular de la Denominación de Origen Condado de Huelva.
  • Srs. Representantes de las Entidades Sociales, Religiosas y Culturales del municipio.
  • Sr. Presidente de la Cooperativa Vitivinícola V. de la Estrella.
  • Chuceneras y chuceneros, bienvenidos seáis a este acto institucional:

En más de una ocasión nos ha venido a ocurrir a muchos de los presentes que si alguien nos pregunta de dónde somos, contestamos “de Chucena” en la creencia del desconocimiento de un pueblo tan pequeño para quien nos pregunta, pero para nuestra sorpresa cuando nos dicen “…buen vino tenéis allí”, entonces sacamos pecho y nos venimos arriba (decimos de manera coloquial).

Cuando yo estudiaba en Huelva, entre los años 70 y 80, solía ir con mis compañeros  a una vieja taberna del barrio de Las Colonias, la parte baja de la capital cerquita de la Ría, para comer los exquisitos gurumelos recién traídos de la Sierra, recuerdo que el primer día que fuimos, pedimos unas cervezas para acompañarlos, cuando el cantinero, ya mayor, muy serio, nos dice:“…¿mira que pedir una cerveza?”…¿no sabéis que pa acompañar al gurumelo serrano lo mejor es el vino?  Y añadió: “...y no un vino cualquiera, porque yo tengo aquí el mejor vino de to Huelva y uno de los mejores de Andalucía…el vino de Chucena”.

Aquello me llenó de orgullo como chucenero, las palabras de aquel hombre tan curtido en el mostrador y tan experto en caldos, que tuviera en tanta consideración y estima al nuestro. Y es que, a veces, el forastero es capaz de apreciar más que nosotros mismos nuestras propias cosas, lo que tenemos que ofrecer, y poner en alza, ese regalo que la naturaleza nos dio: NUESTRO VINO.

            Dicen los entendidos en la materia, que la palabra CHUCENA viene del latín, de “fértil” y tiene que ser verdad, pues no habrá una tierra más agradecida y generosa que ésta, desde “El Pino Bele” al “Campo Escacena”, desde “Los Tres Corrales” a “Santillán”, desde “La Jeza” a “Cepea” y desde “Tras Carneros” a “La Jurá”.

Cuatro puntos cardinales donde plantes lo que plantes, a poco que sepas tratarlo y cuidarlo, sabes que puedes contar con recoger una buena cosecha. De igual modo, plantas un sarmiento con su yema y terminas llenando un bocoy (o varios) de auténtica ambrosía, llenos de un legendario licor de dioses al alcance de los mortales. Como así nos cuentan que hicieron  casi 1.000 años antes de Cristo, las distintas culturas que por esta zona se asentaron.

Como decía nuestro poeta moguereño, Juan Ramón, el vino es “…como si el sol se nos regalara en líquida hermosura”. Otro chucenero, menos dado a las letras, menos poeta, más práctico y más directo en su sentencia, nos dejó su impronta en aquel letrero que puso en una taberna que tenía en Sevilla, yendo directamente al grano, a lo beneficioso de su consumo; “Quita las penas, el vino de Chucena”, decía; algo que sabemos que es una verdad incuestionable.

No en vano ya en el s. XIII el rey Alfonso el Sabio, le concedió a un señor de su confianza toda la zona de Chucena y hasta el actual Valle de Manzanilla para que plantase viñas, y lo mismo hizo con otro de sus vasallos a quien entregó Alcalá de la Alameda con idéntica intención. Como puede comprobarse, a poco que se repasen los viejos papeles conservados, durante los s. XVI y XVII el arrendamiento de tierras para el cultivo, en toda esta zona, no era para plantar o sembrar cualquier cosa, pues existía la obligatoriedad de plantas viñas.

Por ello, en el Archivo Municipal aparecen documentos con la explicita frase “arrendamiento de cepas” no de tierras…hasta 25.000 vides aparecen plantadas ya entonces, entre Alcalá de la Alameda y el Donadío del Huégar (zona del Valle de Manzanilla) y más de 50.000 en el resto de las tierras de Chucena.

La orden de los Caballeros de Calatrava, aragoneses que transitaron por Torralba, se afanaron como nadie en lo que hoy conocemos como “la cultura del viñedo y el vino”, cuentan también, que empezando por el vecino pueblo de Villalba del Alcor, de donde, está documentado, saldría el primer vino del Condado con destino a las Américas recién descubiertas.

Pero, haciendo patria, ¿puede alguien afirmar que el vino de Chucena no embarcara también en aquellas carabelas, en cualquiera de sus siguientes viajes? Pues, aparte de las plantaciones de viñas, también existe constancia documental de la fabricación y venta en nuestro municipio de vasijas y tinajas para el trasporte  del vino en pleno s. XV y XVI, cuando el comercio con las colonias americanas estaba en todo su apogeo. Hasta se llegaron a ganar pleitos con el Consejo General de la Mesta por plantar viñas en ciertas zonas, en principio no autorizadas, por lo que la producción iba, año tras, en progresivo aumento.

Tal era la cantidad de vino producido en nuestro pueblo que se estableció ya en el s. XVIII, la costumbre, según documentos encontrados, que los cosecheros regalaran 1 arroba más por cada 12 que adquiriera el comprador “por razones de reboso y tara” dice textualmente el legajo, y hasta 8 arrobas de más por cada 100 que se adquiriesen.

Como puede apreciarse, la producción de vino en toda la zona de Chucena era inigualable en calidad y en cantidad; marcando, según nos dice el “Catastro de Ensenada” de mitad del s. XVIII, dos comarcas vinateras de gran de influencia y  distintas entre sí, en la elaboración y crianza del vino, la de Moguer y la de Manzanilla, dejando huella, las dos, en lo que hoy conocemos como “VINOS DEL CONDADO DE HUELVA”.

Todo iba bien hasta la llegada, desde Málaga de la filoxera, enfermedad que hizo estragos en toda la zona del Condado, en concreto en Chucena a partir de 1909. No todas las variedades de uva aguantaron por igual la embestida, resistiendo la zalema, que hoy presume de su hegemonía y abundancia frente  a las demás.

Dicen de nosotros los forasteros que aquí le “hacemos una fiesta hasta a una gavilla de sarmientos”, no de otra cosa, sino de sarmientos, sabiduría vinatera en estado puro… y puede que sea hasta verdad. La cultura del vino impregna con su halo todas y cada una de las tradiciones chuceneras. Debe ser por ello que la construcción del primer ayuntamiento de Chucena se hiciera sobre lo que había sido la  llamada “Bodega del Noveno” y también “La Casa Grande”, lagar y bodega del Marqués de Alcalá de la Alameda. O sea, que no hay dato o hecho histórico relacionado con Chucena donde no esté presente su relación con la viña, la uva y el vino, llegando a preñar nuestro propio lenguaje local de palabras, de giros, comparaciones, expresiones y dichos populares con el común denominador de la uva. Un binomio perfecto “CHUCENA Y VINO” que, como pueden todos ustedes apreciar, argumentan históricamente el fundamento de la creación de este proyecto “CHUCENA, VINO DE LA TIERRA”.

Otro dato curioso es que la arroba, propiamente dicha, quedaba establecida en 16 litros, pero no así en Chucena, pues se llegaba hasta los 18, por ello, según me contaba don don Juan Caraballo “el de Esteban”, magnifica persona y buen entendedor de lagares y bodegas, los sevillanos que venían a Chucena a comprar vino traían su garrafa de arroba acompañada de dos viejas botellas de aquellas de gaseosa para completar la compra.

            Nombrar a Juan, es nombrar vendimia, mosto y vino. A buen seguro que en la memoria de cada uno de nosotros hay un rinconcito para esas imágenes y esos olores vinateros que nos marcaron de niños. Yo que nací en la calle Pozo, tuve en la cercana calle Purchena, el sitio perfecto para ello y que hoy es mi casa: la añorada Bodega y Lagar de “Paco Reyes” unida a la contigua del “Chato Arrope”, con una capacidad, entonces, de nada menos que 200 bocoyes en “talanqueras” de primera, segunda y tercera y botas en cuarta.

Cierro los ojos y aún puedo ver aquella riada de aguas negras calle abajo, de fuerte olor envinado, arrastrando los barros y “las lías” de los interiores de los bocoyes, cuando apoyados en el medio de la calle sobre los viejos serones de esparto, eran mecidos acompasadamente por los lagareros, mientras sonaban en sus tripas las viejas cadenas golpeando sin piedad las maderas interiores.

Veías también a otros lagareros afanados en el continuo repiqueteo “del chazo y el clavo”, asegurando las duelas y aros de aquellos bocoyes, mientras un penetrante y casi irrespirable olor  a azufre, el de “los cantos de pajuelas”, envolvía todo el ambiente como si se estuviera celebrando en cada bodega un misterioso exorcismo “convocando a cabildo” a navajas…a canastas de sarmientos o cañas…a pañuelos de yerba…a delantales de cuadros…a pantalones de patén…a serones de esparto… y a viejas cabalgaduras y carros para que trajeran, de entre el verdor de los “liños”, aquellos racimos de uva que esperaban impacientes la mano experta y fiel que los recogiera.

Racimos de “bebas”, de “moravias”, de “garrías”, de “zalemas”, de “mantúas”, de “ojoliebres”… para llenar un otoño de olores únicos, de “hollejos”, de azúcar, de “escobajos”…que terminaban por crear un ambiente cálido, de vaho de alcohol, por donde se colaba ese fuerte olor al mosto fermentado, iniciando un proceso que le llevará convertirse en el afamado VINO DE CHUCENA.

 Porque no hace tantos años, Chucena era toda ella una bodega, un inmenso lagar, al que llegaban las bestias cargadas con el fruto de las viñas. Por aquel entonces, según recuerdo, los parejeros arrimaban los mulos y borricos con los serones cargados a una rústica estructura de palos, como gigantesca portería de futbol, con las viejas trócolas y cuerdas, y de donde pendía la romana, levantando una carga que se apuntaba con una tiza o con un tizo, (ésa era la única paridad aquella época), en la pared del mismo lagar. Luego sería pisada con pies desnudos siguiendo un tradicional y acompasado bailoteo, o bien directamente pasaba la uva a la moledora y de ahí al “pie” de la prensa.

Cuando a partir de 1958 se comienza la restauración de la abandonada Iglesia de Alcalá, se establece la creación de una fiesta novedosa: nuestra Romería, pues precisamente para celebrar la primera, en 1959, es a otro gran bodeguero, don Antonio Guzmán, “Antoñito el de Serafín” a quien se le debe la idea de recoger vino para que todo el mundo lo bebiera gratis en la fiesta. Las bodegas chuceneras aportaron las jarras que pudieron y más, en una cuestación en la que todo el mundo colaboró.

Y podíamos preguntarnos ¿Cuántos eran ese “todo el mundo”? Pues aunque parezca increíble, estamos hablando de la Chucena de primero de los años sesenta y se contabilizaban alrededor de 70 locales entre bodegas y lagares.

            El callejero lo componían un largo rosario de nombres y unidos a él,  a buen seguro, un mundo de recuerdos para cada uno de nosotros,  que se agolparan en nuestra mente como si fueran bocoyes en talanqueras:

Recordar la de “Antonio Quiles”, “El Currucu”, los nombrados “Paco Reyes” y “El Chato Arrope”, también  las de “El Negro Isabela”, Salvador, Romualdo, “Capellán”, “La Clarita”, la de mi malogrado tío Antonioel de la luz”, y la de Miguelito “El Cano”…todas éstas sin salirnos de la calle Purchena.

Otras serían las de “Curro Fresco”, “El Viardo”, “Martín Manolito Librá”, Rodrigo “El Zanje”, don Sixto Gutiérrez, cuya familia donara tierras y bienes a la Iglesia de Chucena para el culto a la Virgen de la Estrella. También estaban Paco “El Sargento Vera”, la de Morón, Fernando “la Garría”, “Piquito”, Camilo, Alejandro, y don Francisco “el Notario”, donde un simpático lagarero, socarronamente, le aseguraba al estirado señor que cierto bocoy que andaba algo vacío, no es porque se saliera por debajo, como pensaba el muy estudiado Notario, más bien se salía por arriba…él y los demás compañeros sabían bien el porqué de la merma.

También tenemos la bodega “del Máximo”, la de “El Moreno de la Pincelita” y la del ya nombrado “Antoñito el de Serafín”, cuyos herederos han sabido mantener la tradición, en un alarde de cariño y esfuerzo, para la elaboración de un vino único.

Continuamos con los lagares y las bodegas de “Araceli”, “El Sayón”, Fernando Peña, “El Platero”, “La Tutela”, Antoñita “la Bele”, Enriqueta “la de Pico” y “Damasita”  que cerrarían la trilogía de las calles Pozo, Nueva y Santo Tomás. Mientras fermentaban los afamados mostos de “Aurelio” y “Mañana” en la calle Torralba.

Nombrar al “Platero” es viajar en el tiempo hasta aquella mítica taberna que regentaba su hijo Juan al pie mismo de la Iglesia. Pues era éste un laico santuario en los amaneceres camperos con  aquel  primer café y la copa para entonar las casi vacías tripas de entonces, pues había que calentar los cuerpos antes de adentrarse con las bestias en aquel hondo e impracticable Camino de los Llanos, y a la vuelta, tras la larga jornada, su visita era obligada otra vez para reponer fuerzas, echando mano de los imperecederos “chatos” de un vino muy especial y recordado.

Seguimos con las bodegas del “Sargento Morilla”, Bernabé Caraballo “el de Reyes”, teniendo aquí un recuerdo a su hermano Currito, quien sería durante años el encargado del despacho de vino cuando la “Cooperativa Virgen de la Estrella” comenzó su andadura.

También estaba la de Pedro “el Sargento Vera”, Antoñito “Modesto”, el muy recordado y querido Juez de Paz José María “el Blanquito” quien cada vendimia y siguiendo una vieja tradición familiar, rompía el hueco de ventana que daba a la calle desde donde se lanzaba con horquetas toda la uva hacia la moledora, y de ahí, todo el proceso. Pasada la vendimia, se cerraba de nuevo el hueco con ladrillo cogidos con yeso, quedando a su alrededor la huella indeleble de los racimos estrellados.

Tampoco podemos olvidarnos de la de “Cagaurra”, “Birote”, “Barbita”, “Pepe Adrían”,  “Joaquín el de Pico”, “El Cojito”, “La Garría”, “La Bigota”, “Esteban” y “Belito” que se situaban en la actual zona de Laberinto, Prado y Las Flores.

La calle Virgen del Carmen albergaba la bodega y lagar de Alfonso Daza, con el “Niño Cobos”, “el Lolo”, “el Habanero”, “el Tani”, y los hermanos Alonso y Antonio “el Gordo” como perfectos bodegueros, y otro ejemplo éste último, don Antonio Franco “el Gordo”, de pundonor, trabajo y toda una vida dedicada al mundo del vino.

Será la afamada Bodega de Alfonso Daza de donde saldría el primer y único vino embotellado en nuestro pueblo (esperamos que vuelva a recuperarse esta tradición) el entrañable y mítico “Fino Los Labrados”. También la “del Niño Tim” más pequeña se encontraba en la misma calle,  y ya en La Cartuja, las de “Crispinito”, “Escolá”, “Ramón la Tortolilla” y  “Capita” que supo dejar en su hijo Felipe Romero, actual presidente de la Cooperativa, su dedicación y pasión por todo lo que rodea al mundo de la viña. Algo que ha sabido plasmar en su trabajo diario, en su espíritu emprendedor  y concienzudo de las cosas bien hechas, sin prisas, como el vino, con sus tiempos de espera, para al final tener el mejor resultado.

Bodegas y corrales enormes donde jugar de críos era el de los Hermanos Garrido, Tomás, Joselito, Francisco y Antonio de “el Niño Chico” donde Manolito “el Bailaor” preguntaba con sorna si alguien que no hubiera entrado nunca en una bodega podía saber qué bocoy guardaba el mejor vino, la respuesta evidentemente era de otra época…donde más colillas hubiera en el suelo, allí estaba el bocoy más visitado y el mejor caldo.

Ya en la zona de las plazas, las “del Bichito el Alcarretón”, “Diego el Sayón”, “Pepe Alejandro”, “Paquito Elías” y sin olvidarnos de las de “don Antonio Navarro” en la trasera de la otrora Casa Ducal en la actual Plaza de la Coronación y la de “Montes” en la Plaza del Cristo de Burgos.

Todas estas bodegas y lagares en su inmensa mayoría se fueron reagrupando, para reducir costos y a su vez, rentabilizar la producción, alrededor de dos cooperativas que se crearon allá por años 70, la llamada de la “Divina Pastora” y la otra nombrada como de la “Virgen de la Estrella”, que ya en 1974 tenía una capacidad de 1.500 bocoyes pasando tener 2.000 sólo cuatro años después, pues tras ciertos problemas, los socios de la primera se fueron decantando por la segunda, siendo en la actualidad la “Cooperativa Virgen de la Estrella” la que acapara en solitario toda la producción, con una metodología más funcional y moderna, pero sin perder el carácter tradicional en la elaboración del apreciado VINO DE CHUCENA.

Un caldo conocido y apreciado no sólo en el Condado de Huelva, sino en toda la provincia, así como en las de Sevilla y Cádiz por la meritoria labor llevada cabo por sus distribuidores, siendo de justicia el resaltar a tres, a don Carmelo Solís, don Antonio Rodríguez y don José Roberto Solís Garrido quienes han llevado el vino y el nombre de Chucena a tantos sitios.

Puede que en el listado anterior, de bodegas y lagares, haya algún olvido, o fuera la misma bodega con otro nombre anterior o posterior en el tiempo, algo muy común, pues cada familia se afanaba por tener su tierra, sus cepas y su vino, para consumo o para venta, o a ser posible para ambas cosas. Porque las economías de aquella época estaban bastante apretadas, tan apretadas como aquellos “retajos” de uva molida que rodeaba el enorme “sogón”, por donde veíamos salir el mosto camino del pilón, mientras caía sobre él la pesaba “cabeza” de la prensa.

¿Quién, que lo haya escuchado y vivido, ha podido olvidar el continuo martilleo de las saltarines “puchinelas”? Recuerdos que imagino que a la mayoría de los presentes siguen vivos,  agolpándose en la mente y abarcando todos los sentidos:

.- el sentido de la vista, por el repaso que nuestra memoria le pueda dar a aquellas viejas estampas de campos llenos de viejas cepas…de vendimiadoras…de canastas de varetas…de serones de esparto cargados de uva…de parejeros…de lagareros…de bodegueros como los nombrados…de las ancianas “rebuscaoras” de ganchillos…

.- el sentido del oído, por todo aquel mundo de sonidos…de pisadas de caballerías…de voces entre los “liños” de cepas…de arreos de bestias…de apuntes de cargas y pesos en el lagar…de los ruidos de la moledora estrujando los racimos…los chirridos de la prensa…el arrastre de bocoyes subiendo y bajando talanqueras…las viejas mosteras manuales…el continuo ir y venir de las jarras, los foniles y las canoas trasegando el vino de un lugar a otro…y también, los cantes en las tabernas al calor del mosto recién estrenado…

.-el sentido del tacto, como era “empringostarse” (bonita palabra) las manos estrujando algunos racimos intentando recoger un caldo para, infantilmente hacer un vino totalmente de ficción e imbebible…también jugar a tirarnos unos a otros aquellos escobajos secos, desechos de la molturación…usar el tirachinas con los huesecillos de la uva...o cuando, tendidos boca arriba, podíamos sentir en nuestras espaldas la blandura y la calidez de aquellos enormes montones de hollejos secos a la puerta de cada bodega…

.- el sentido del olfato, ese olor a la tierra húmeda por entre las viñas, consecuencia de los primeros chaparrones en septiembre…los verdes racimos…los serones con ese olor a barro azucarado que los volvía pesadísimos…el azufre de las pajuelas…las duelas de madera de los bocoyes…el vaho que subía desde el pilón…los hollejos al sol…la fermentación del mosto…la humedad de las bodegas…la curiosa mezcla de olores de las botas de solera, vinagre y mistela…

.- y el sentido del gusto, quizás sea éste el más persistente en nuestros recuerdos por el perdido sabor de aquellos racimos de uva, robados, cuando niños a las cargas de los serones y carros a golpe de gancho y larga cuerda…el dulzor del mosto previo a la acidez del primer vino… la primera “uvita” de vino del  popular “Bocoy” en aquellas romerías de la adolescencia…las primeras garrafas llevadas hasta el Rocío…las “cuelgas” de racimos de uvas en los soberaos…pero sobre todo por aquella maravilla de postres que nuestras abuelas hacían con el mosto recién extraído:

¿Quién no recuerda la “espoleá de mosto”? ¿y el “arrope” con sus “presitas de pera o calabaza”? ¿y los “correores” tan reacios a despegarse del plato y del tenedor?  ¿y el “vino color” en aquellas entrañables “Mesas de Tosantos? Un mundo lleno de sabores y de nostalgias caseras y muy familiares que esperamos, a partir de ahora, con este proyecto, volver a recuperar como tradición y como seña de identidad de Chucena.

Como habéis podido comprobar el Proyecto de la marca “CHUCENA” que se presenta, tiene detrás el bagaje de toda una historia llena de matices y de una tradición, tanto social como cultural, que va asociada al mundo de la viña, la uva y el vino desde los mismos orígenes de la población. Pues durante siglos, se ha sabido mantener la experta elaboración, con los lógicos cambios que impone el progreso, de un caldo único.

  • Quizás sea por la tradición sabiamente aprendida y heredada de padres a hijos…
  • quizás sea la propia tierra chucenera tan fértil y generosa siempre…
  • quizás sea el mimo y el celo con el que tratamos nuestros campos, nuestras cepas…
  • quizás sea el trabajo bien hecho, la voluntad y el sacrificio del chucenero en su vendimia…
  • quizás sea por haber sabido mantener, durante siglos, los tiempos y las pausas…
  • quizás sean todos estos “quizás” unidos, los que hacen que el VINO DE CHUCENA sea el fiel reflejo de lo que son su propia gente: noble, natural, sin añadidos, cercano, y sobre todo, alegre.

Brindemos con él porque este proyecto, el de la marca  “CHUCENA, VINO DE LA TIERRA”, que pensamos y estamos seguros, va en beneficio de todo el pueblo, sea una realidad, más temprano que tarde.

27 de diciembre de 2015.

Ramón Franco Sánchez.

En el siguiente enlace puedes obtener la Exaltación del Vino realizada en la I Feria del Vino de Chucena "Chucena, vino de la tierra" el pasado 5 de noviembre de 2016, a cargo de Antonio, Elena y Francisco Correa.

 

Exaltación del Vino